La voz humana
La mirada de Homero siempre es humana, aunque a veces lo que ve merezca el apelativo de «divino». Hay un epíteto fascinante en la Odisea, pero que damos demasiado por sentado, aplicado a algunas diosas como Calipso o Circe: αὐδήεις, ‘dotado de voz humana’. Proviene del sustantivo αὐδή, que es la forma que tiene el griego homérico para referirse a la voz articulada e inteligible, por tanto humana, en oposición a algo más genérico como φωνή, que puede ser también la voz de los animales. La palabra probablemente esté relacionada con la raíz del verbo ἀείδω (‘cantar’, en el sentido del aedo que canta o recita el poema). Está claro que la mentalidad griega arcaica cimentó algo que forma parte esencial de nuestra naturaleza: el habla, la palabra articulada es lo que nos hace nítidamente humanos. No es casualidad que la única nave de aquella mitología que mereciera un nombre, la nave Argo, estuviese dotada de voz, lo que la convertía casi en un personaje más.
A no ser que uno esté aquejado de un solipsismo atroz, y vea en la realidad circundante un siniestro engranaje de pantomimas, en la voz presuponemos al otro: un «tú», un «vosotros». Los buscamos incluso en la voz que reconstruimos a partir del texto leído. Quevedo «escuchaba con los ojos a los muertos», y así no se le hacía tan solitario el retiro, «la paz de estos desiertos» de que habla el famoso soneto. Cuando leemos la Odisea también escuchamos con los ojos a los muertos. No sólo a la primera voz que articuló el poema. También a generaciones y generaciones que lo han leído, dicho o (también) escuchado. Recorrer y traer a nuestro presente esos milenarios hexámetros es un acto social y un poderoso lazo de sangre. Es asistir a una multitud de voces mucho mayor, más sonora que la de los difuntos que presenció Odiseo en su bajada al Hades. Podemos leer la Odisea en una tarde solitaria, y convocamos con ello a todas las tardes solitarias que en el mundo han sido.
Pero he aquí que hoy día la «voz» puede ser el resultado de un gran modelo estadístico, donde cada palabra, asociada a un vector, está allí sólo por su alta probabilidad de ser la que debe seguir a la palabra precedente. Es una cadena hueca indiferente a la verdad o a la mentira, pues mentir o decir la verdad implica una voluntad. Ya no hay ni un «tú» ni un «vosotros». Se oye llamar a la puerta, y al abrir con esperanza resulta que sólo era el viento y sus azares. El gran modelo de la auténtica soledad.
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Publicado: 07/05/26
Última actualización: 07/05/26
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