Las diosas y las nubes (II)

Sin catarsis

¿Tiene la Odisea un final feliz, de esos que le gustan a Hollywood? Ya saben: el héroe, tras pasar peligros y penalidades, regresa a su hogar, mata a los malos y recupera su reino y a su esposa. Lectura demasiado plana y distraída, incluso maniquea, para una obra tan ambigua y alambicada, que ya en la Antigüedad tendía a desconcertar a los lectores.

Cierto que ya desde el principio gravita la muerte de Agamenón a su regreso y la represalia de Orestes como prototipo de venganza. Y más cierto que el fino arte de Homero nos dibuja a los pretendientes como unos tipos aborrecibles y poderosamente antipáticos. Si bien no son villanos de resorte que están ahí sólo para justificar la venganza de Odiseo: también se nos muestran en toda su palmaria humanidad. Muchos de ellos tan sólo son personajes endebles, incapaces de ser alguien más allá del grupo o la manada. Sea como fuere, el lector intuye que están destinados a morir, por más que constantemente se les advierta de sus malos actos y su imperdonable traición a las normas de la hospitalidad (xenía). Pero cuando les llega su negra parca, la matanza es extremada, inmisericorde, casi ritual.

Homero nos muestra esta matanza en toda su dimensión, sin interponer entre los hechos y el lector ningún énfasis moralizante que conduzca los sentimientos en cualquier sentido. La violencia aparece desnuda y palmaria, con sus engranajes y su lógica interna. La escena recuerda mucho a películas de mafia, como las excelentes El padrino y Good Fellas. Y a eso se añade la muerte de las esclavas, ahorcadas todas en grupo. Dice Homero que mueven un poco los pies, pero que no dura mucho. Pero con ese festival de venganza y muerte no acaba la Odisea.

No hay, en efecto, atisbo de catarsis ni purificación, por más que Odiseo se empeñe en limpiar su palacio con azufre. El olor a muerte no desaparece y el lector se siente, de alguna forma, inquieto. Odiseo sabe que ha cometido un crimen del cual tendrá que rendir cuentas ante las familias de los pretendientes. De ahí lo de la fiesta fingida para distraer al pueblo y ganar tiempo. La matanza sólo puede desencadenar más matanza y nadie es capaz de ponerle freno a la escalada. Por eso, la llegada final de Atenea para acabar con eso de golpe y plumazo no es tanto un deus ex machina cuanto la premisa inevitable para el final abrupto, disruptivo, antiépico, acaso necesario, donde el telón se baja de pronto. Todo acaba con un pacto endeble, a nadie le da tiempo a dar un discurso final y el foco de Odiseo se apaga de pronto para que el rey de Ítaca desaparezca entre la multitud, sin que nada ya sepamos de él.

Odiseo, en efecto, ha regresado, pero ya nada será igual ni se restituye el viejo orden. Ha regresado a Ítaca, pero no a los orígenes. Como quería Cavafis, comprende ya (y comprendemos) qué significan las Ítacas.

En este vídeo leo el pasaje de la muerte de las esclavas y del cabrero Melantio, perteneciente a mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024). El audio está extraído del pódcast de Emilio del Río en RNE Locos por los clásicos (08/05/2026):

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Publicado: 10/05/26

Última actualización: 10/05/26


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