Las diosas y las nubes (II)

Reconocimiento

Para ser la primera gran historia de aventuras, no deja de parecer irónico que la Odisea inaugure el género transgrediendo los principales preceptos que éste acabó asentando. No tenemos, de entrada, el viaje en su concepto lineal y temporal. Ítaca no representa la meta ansiada, lo que está más allá de todo. Es, por contra, la isla donde el lector desembarca desde el primer canto, y la ve con toda su palmaria cotidianidad. Cuando Odiseo en el canto XIII despierta por fin en la isla, traído por los feacios, no la reconoce. Pero para el lector sí se le hace tremendamente familiar: ya conocemos a Penélope, a Telémaco, a la nodriza Euriclea. Y a los pretendientes, a los cuales Homero les confiere la rara virtud, como en todo huésped importuno, de parecer eternos e inmanentes.

Tampoco sentimos la incertidumbre ni el suspense, como en todo viaje aventurero, por si al final el hijo de Laertes logrará o no volver. En el primer canto los dioses decretan que ha de emprender su regreso. Pero ya muy temprano, cuando estamos en el país de los feacios, éstos le prometen que le llevarán de vuelta. Odiseo, por así decir, ya tiene comprado el billete. Sólo queda entretener la espera de su barco narrando tranquilamente todas sus peripecias anteriores. En todo caso, el lector va asistiendo a una sucesión de pérdidas: sus hombres, sus tesoros ganados en Troya, sus naves. Y acaso su nombre. En ese umbral de la llegada que es Esqueria, tierra de los feacios, Odiseo reconstruye su identidad trenzando todos los trances que le han conducido hasta allí.

De hecho, el lector de la Odisea participa de dos perspectivas: Odiseo como construcción de una ausencia y Odiseo como reconstrucción de su identidad. Y todo converge en la pedregosa Ítaca, de donde al cabo, descubrimos que nunca hemos salido. La verdadera incertidumbre, pues, no está tanto en el viaje en sí, sino en la historia de un reconocimiento. Y ahí radica el asombro: Penélope reconoce a Odiseo contra todo pronóstico y contra su perseverante escepticismo, y puede ya tocarlo con la misma fe con que se toca un cuerpo. Y acaso el propio Odiseo descubre que sigue siendo Odiseo cuando tensa el arco. Va a resultar al final que el poema más viajero de toda la historia de la literatura es, en el fondo, el más doméstico.

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Publicado: 06/08/26

Última actualización: 06/08/26


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