Pretendientes
Por muy arquetípico que sea el argumento de la Odisea (un hombre regresa a su casa y mata a quienes querían apropiarse de sus bienes y casarse con su esposa), el genio de Homero se preocupa, y mucho, de trazar un inolvidable dibujo de los pretendientes como tipos humanos, más que como un grupo informe de villanos que está ahí para justificar la venganza. Un retrato casi berlanguiano. Quién no se ha encontrado en su vida a un Antínoo o a un Anfínomo. Homero, una vez más, no moraliza ni dirige los sentimientos del lector con el énfasis de una banda sonora que, de fondo, nos explique. Simplemente retrata, y nos presenta a los pretendientes para nuestra antipatía pero también para nuestra piedad. Por eso su matanza no nos produce la liberación de la catarsis.
Por supuesto, la mayoría se conduce en un coro de cretinos. Pero no por economía narrativa, sino porque son tipos incapaces de pensar o actuar fuera del grupo: bien por miedo, bien por ambición, bien por un poco de todo. Un ejemplo patético de ese rebaño lo encontramos cuando todos jalean la pelea de los dos mendigos por obtener su favor y unas sobras de comida: el verdadero mendigo, que apodaban Iro, y Odiseo disfrazado como tal.
Antínoo, el cabecilla (y el más ambicioso), se muestra tan arrogante como necio, y siempre que habla lleva aparejada una bofetada en la boca. Una mezcla tremendamente verosímil (diríase que actual por lo intemporal) de fanfarronería, maldad e ignorancia. Es tal su ignorancia y desprecio a lo que desconoce que ni siquiera sabrá cuándo ha muerto. Pero aun así procede de acuerdo a su torcida escala de valores, y se percibe a sí mismo con un legítimo derecho al trono. Eurímaco, por contra, no suele ir de frente. Éste es más bien sinuoso y manipulador, y nunca deja de tener para Penélope un parlamento zalamero. Luego tenemos al «niño de papá» sin muchas luces, a Ctesipo. Homero lo presenta así (en mi traducción)1:
«Un varón había entre aquéllos, en vilezas entendido,
que se llamaba Ctesipo y en Same hacía mansión;
y el cual, confiado en los bienes de su padre, pretendía
desde hace tiempo a la esposa del ausentado Odiseo».
Pero si hay uno por quien siento debilidad es por Anfínomo. Su propio nombre ya se encarga de anunciárnoslo: anfí + nomos, «el que atiende a una y otra ley». Es, por tanto, el indeciso, el tibio. No tiene malas palabras, pero tampoco buenas acciones. Por conveniencia, o simple y ovejil inercia, o llano miedo se muestra también incapaz de salirse del grupo y del banquete. En mi traducción:
«Entonces Anfínomo entre ellos habló iniciando su arenga:
“Ay, amigos, estas trazas de darle muerte a Telémaco
no habrán de salir airosas. Mas pensemos en comer”.
Dijo Anfínomo y el resto aplaudiera sus razones.
Dijo Anfínomo y el resto aplaudiera sus razones».
Quizás sea en el episodio del certamen del arco cuando nos suscitan toda nuestra simpatía. Incluso el pobre baladrón Antínoo. Ahí vemos a los pretendientes como lo que en realidad son: jóvenes necios y ambiciosos que ignoran de parte a parte en qué clase de berenjenal se han metido. No son monstruos. No son el mal neto como Escila. No son el aristotélico «bestia o dios» del solitario Cíclope, que niega la sociedad. Son, simplemente, humanos. Nuestros vecinos.
∞
Publicado: 19/05/26
Última actualización: 20/05/26
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
Notas al pie de página:
Odisea, trad.de Juan Manuel Macías (La Oficina 2024)
