La Isla Ogigia
Está muy extendida esa percepción de la mitología griega como una suerte de imagen fija, un sistema diseñado de una vez donde cada parte representa su papel en el conjunto. Tal malentendido suele tener su origen en los manuales escolares. Y, más lejos, en los textos de los mitógrafos helenísticos, quienes se dedicaron a compendiar (e interpretar) en un presente puntual lo que antes fueron épocas y estratos, y un corpus que fue creciendo y ramificándose en diversas variantes y tradiciones.
Homero no fue un mitógrafo tardío sino un poeta. Y sus obras, por tanto, son poemas y no tratados de mitología, aunque a conveniencia de su arte trenzase los mimbres heredados de su tradición cultural. Es más: no resulta nada inverosímil que reconfigurase los mitos o aportara incluso sus propias invenciones. Tal vez no invenciones de la nada, pues partiría de las más variopintas fuentes: viejas historias tradicionales o inagotables arquetipos. El personaje de Polifemo es un sólido candidato a «invención» homérica. Pero la palma se la lleva la ninfa Calipso, con todas las cautelas posibles, pues nuestro conocimiento de los ciclos épicos fuera de los poemas homéricos es muy limitado.
En todo caso, no hay rastro apenas de Calipso más allá de la Odisea ni tenemos constancia de su culto. Parece un personaje creado adrede como antagonista del hijo de Laertes. Su nombre, que claramente tiene que ver con el verbo kalypto (ocultar), delata sus intenciones. Pensemos en su cueva, en esa isla Ogigia alejada de todo, de las rutas habituales, donde nunca se ven pasar barcos. Alejada, en suma, de la historia. No es casualidad que el poema comience planteando la oposición de esta isla con Ítaca. El lector entra en la Odisea por la pedregosa Ítaca. No es un lugar maravilloso. Tampoco apetecible, con ese paisaje ruín de pretendientes e injusticia. No es un sueño, sino lo más parecido a despertarse en medio de lo cotidiano y lo gris. De allí parte Telémaco (y nosotros con él) en busca de su padre, pero sobre todo en busca de abrir los límites de su mundo. Cuantro cantos después hallamos a Odiseo en la isla de Calipso, depositando sus nostalgias en un mar sin caminos, infinito y que no le da respuestas.
Ogigia, con sus frondosos jardines que parecen sacados de un paraíso oriental: álamos, chopos, cipreses, fuentes, interminables prados de violeta. Hasta el propio Hermes queda maravillado al llegar, y no puede evitar detenerse a contemplar todo eso. Y por un momento diríase que se olvida de a qué venía. El mismo nombre de la isla nos evoca un adjetivo impreciso, misterioso: ogygios, de escurridizo significado, denso, primordial. Hesiodo lo aplica al agua de la Estigia; Píndaro a las montañas; Empédocles al fuego. Y Hesiquio en sus glosas lo define como παλαιοῦ, ἀρχαίου, μεγάλου πολύ (‘antiguo, arcaico, muy grande’).
Ogigia, pues, es la clara oposición a Ítaca. Si ésta es la isla pobre a donde uno quiere llegar, aquélla es la isla de donde nadie querría ni podría salir. Pero también es la oposición al mythos: la isla donde nada sucede, porque nada tiene sentido que suceda. Un gran paréntesis frente a la narración de la Odisea, que es puro movimiento y navegación. No sólo Odiseo logra salir de allí. También Homero, con él en su balsa, recupera la trama y la historia. El viaje continúa.
∞
Publicado: 12/05/26
Última actualización: 12/05/26
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
