Las diosas y las nubes (II)

¿Odiseo aventurero?

I

A la literatura le ha gustado fantasear sobre qué fue de Odiseo después de la Odisea, una vez que el foco del héroe se apaga repentinamente en ese final magistral y antiépico del poema. Hay como una tentación de imaginar a un Odiseo que vuelve a hacerse a la mar, hastiado de la «nueva normalidad» en su isla natal. Como un aventurero incurable. Tenemos a Dante y a Tennison, por ejemplo. O el poema de Cavafis «Segunda odisea», inspirado en los anteriores (y, probablemente germen de su poema «Ítaca»). O la reinvención de la Odisea que hace Kazantzakis.

A mí, sin embargo, me agrada más pensar en un Odiseo que acaba sus días alejado del mar, en una tierra donde la gente confunde los remos con los avientos de las mieses. Así es la profecía que Tiresias le hace a Odiseo en el Hades: olvidar monstruos y prodigios, alejarse del mar como una metáfora de envejecer.

Dos pasajes de mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024). En el primero, parte de la profecía de Tiresias. Y en el segundo, cómo Odiseo se la refiere a Penélope, palabra por palabra, ya en Ítaca, tras el reencuentro de los esposos:

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II

¿Es Odiseo un aventurero irredento, ansioso siempre de hacerse a la mar para experimentar el mundo? Así lo ha reimaginado muchas veces, como comentaba, la modernidad. Pero, en mi opinión, el Odiseo del poema homérico dista bastante de esa imagen. En las buenas historias de aventuras, la aventura y la peripecia es siempre una consecuencia, no un fin en sí mismo. Siempre tiene que haber un motivo para partir, y la aventura, así, es más accidente que aventura: un evento que se interpone ante esa causa primera. En mi libro Sucede en la voz de otros escribí estas líneas sobre el motivo de viajar:

Debe haber motivos de peso, en el fondo, una especie de causa primera para iniciar la compleja maquinaria de la partida. Se ha viajado para crear imperios. O para destruirlos. Y para salvar a la pricesa del dragón. O viceversa. Se viaja para encontrar el amor o huir de él. En suma, como escribió Ray Bradbury, para desenterrar algo o enterrar algo.

Las reinvenciones de Odiseo en el Renacimiento, en el Romanticismo, etc. han hecho del rey de Ítaca un símbolo del deseo inagotable de conocimiento o de la búsqueda incesante de una identidad. Pero ya en la Odisea misma el héroe no es el mismo tras su viaje, ha habido una transformación, un crecimiento (Telémaco, a la búsqueda de su padre; Odiseo, tras regresar a Ítaca). Ahora bien, ese crecimiento está subordinado a un destino. Al final, siempre hay que llegar a algún sitio, aunque ese fin de viaje sea una metáfora más de la melancolía. Y el lector, a su vez, también se ha sentido transformado. Diría que, incluso, el traductor. A veces echo de menos seguir traduciendo la Odisea (una amiga me llegó a decir que, en realidad, no quería terminarla, lo cual tiene algo de cierto). Pero otras tantas siento que sería como una pesadilla no poder ponerle el verso final.

Una historia de aventuras que se limita a un mero vagabundeo en busca de experiencias no sería más que una simple colección de peripecias, entretenida sin duda, pero que al final deja con un sabor plano en la boca. Y, en cualquier caso, la Odisea ya presenta también la figura de ese otro tipo de viajero: el pirata, término que tiene que ver con la noción de «probar suerte». Néstor le dice a Telémaco (en mi traducción):

Extranjeros, ¿quiénes sois? ¿De dónde por sendas húmedas
vinisteis? ¿Algún asunto? ¿O sin destino vagáis
por el mar cual los piratas que arriesgan vida, errabundos,
y llevan calamidades a los hombres de otras tierras?

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Figura 1: Homero, Odisea. Traducción de Juan Manuel Macías (La Oficina 2024)

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Publicado: 15/03/26

Última actualización: 15/03/26


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