La música de las naves
Hay lectores de la Odisea que buscan un trasfondo histórico en el poema y se preguntan, legítimamente, cómo serían las naves de que habla Homero, las vestiduras, los palacios, las armas, etc. Y, por otra parte, los historiadores de toda época han intentado darles respuestas. El problema está en que Homero no es un historiador sino un poeta, y la Odisea no es una crónica histórica, sino un poema que merece leerse como tal. Por supuesto, la poesía nunca surge de la nada, sino de la memoria, ese mar impreciso de experiencias, lecturas, emociones y presagios. Y la Odisea en concreto es un largo recuerdo de varias épocas: la Edad de Bronce, los siglos oscuros, el tiempo del poeta y de su auditorio: todo destilado en una suerte de pasado mítico, si bien la Odisea entablaría un puente crepuscular entre ese tiempo heroico y la edad de los hombres, cuando los dioses regresan al cielo.
Pensemos en las naves, por ejemplo. Homero es capaz de describir la singularidad de una muerte o de las hechuras monstruosas de Escila, pero no da descripción precisa de los navíos porque ni él ni su auditorio lo necesitan. ¿De qué naves hablaría? ¿De las galeras de la Edad de Bronce? ¿De las viejas y resultonas penteconteras? Serían un poco de todo, y en el primitivo público del poema despertaría una amalgama de recuerdos, tanto personales como colectivos. Los datos, en fin, que obtenemos del poeta son bien escuetos: una sola vela desmontable, bancos para los remeros, poco calado para así poder ser arrastradas a la playa, doble timón trasero, un tablado en la proa y en la popa, donde se sentarían el capitán y el timonel, pero cuerpo abierto para los remeros y la carga. Y poco más.
Sin embargo, esas naves las hallamos tan vívidas y tan cercanas que casi las tocamos con la mano, oímos su madera rechinar con las olas, sentimos la mezcolanza de olores humanos (algunos no del todo agradables) con el salitre de la mar. Esas naves surcan nuestra lectura precisamente porque están hechas de palabras, y trabadas no mediante la pericia del buen carpintero de ribera, sino del cantor que sabe pulsar en todo momento el apropiado epíteto que nos emocione: las cóncavas naves, las enarcadas naves, las veloces naves, las naves de rojos costados… En nosotros, lectores occidentales y «cultos», aflora también un recuerdo colectivo de «lo griego» que le otorga cuerpo a esos bajeles. Pero si la Odisea les fuera narrada a una tribu del Amazonas sin contactar, ellos también sabrían recrear sus propias e intransferibles naves a partir de su propio recuerdo colectivo.
Y ese es el poder de la poesía, que sabe generar infinitas imágenes, inagotables. Como decía Gerardo Diego, el poema pone la música y el lector la letra. Cuando Homero nos habla de naves no nos está transmitiendo un preciso catálogo de náutica. Le basta con pulsar un color, un tono, un acorde que queda reverberando para siempre en nuestra imaginación.
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Publicado: 18/06/26
Última actualización: 19/06/26
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