Lira
Figura 1: Safo y Alceo representados en un kalathos (ca. 470 a. C.)
La lira ha sido a lo largo de los siglos el símbolo indiscutible de la poesía, del cual se han servido una y otra vez generaciones de líricos sin lira. Su prestigio es tal que muchas veces se la asocia con el arte y la interpretación de los antiguos aedos que declamaban los versos épicos. Por supuesto, es un error anacrónico, ya que el instrumento de aquellos cantores era la cítara o forminge. Se trataba de un artefacto bastante más voluminoso, con una contundente caja de resonancia. Sus dimensiones resultaban ideales para cumplir una de las funciones esenciales del instrumento, que era revestir de autoridad al aedo. Si éste tomaba la forminge en el banquete el foco de la atención caía inequívocamente sobre él. Pero la forminge no era un instrumento melódico. Una melodía para acompañar tiradas de miles de versos no sólo es algo difícil de concebir sino que, de haber sucedido, resultaría en una distracción mortal para el auditorio. La forminge, en efecto, se empleaba para marcar el ritmo de los hexámetros y, sobre todo, para mantener vivo el canal entre el poeta y el público, como una suerte de conjunto de puntuación para la poesía oral.
¿Y qué ocurre con la lira, inseparable de Safo y de los poetas líricos monódicos en general (pues la lírica coral ya es otro cantar)? Representada hasta la saciedad, todo el mundo se hace una idea de su forma y aspecto. Desde luego, un intrumento mucho más pequeño y manejable que la añosa forminge y (lo más importante) de carácter esencialmente melódico.
No es descabellado pensar que Safo se ayudase en alguna medida de la escritura para la composición de sus poemas, como una suerte de prótesis de la memoria. Pero podemos atrevernos a afirmar que su concepción del poema era inseparable del acto performativo, de la música y la danza. Y todo ello dentro de un círculo minoritario y privado. ¿Femenino, masculino, mixto? No podemos decirlo a ciencia cierta, pero en sus versos hay un constante «nosotras». Y también habla de «sus amigas». Pero, ¿de qué tipo sería ese círculo privado? Los filólogos han propuesto hipótesis para todos los gustos: desde la congregación religiosa o thíasos hasta el sonrojante «internado para señoritas» de todo un Wilamowitz, que entraría dentro de lo que Fernández Galiano llamaba, con justa sorna, «los maestros de la componenda». En realidad, nada sabemos. De lo único que podemos estar seguros es de que se trataría de un círculo de amistades cercanas donde Safo daba a conocer sus poemas. Podemos ponerle a eso todo el embozo cultural que se nos ocurra. Pero que el primer auditorio de un poeta sean sus amigos no entraría dentro de ninguna rareza. Y que entre esas amistades surjan enamoramientos o relaciones amorosas, tampoco. En el caso de Safo habría una retroalimentación constante, pues es probable que se tratase de un círculo muy cerrado. Aunque no es nada disparatado que hubiese conocido al otro gran poeta lesbio, Alceo. E, incluso, cultivado su amistad.
Pero lo verdaderamente fascinante es constatar cómo esa poesía dio el salto desde su ámbito íntimo, privado, hasta lo universal. A través de los siglos, mediante una serie de peripecias que difícilmente podemos imaginar, esos poemas se acabaron transmitiendo ya despojados de su música. Hasta que los filólogos alejandrinos reunieron toda la poesía sáfica que les había llegado dispersa y por escrito, y la ordenaron en nueve libros, según criterios métricos. El texto y la lectura silenciosa y retirada habían vencido. Y Safo, de pronto y sin proponérselo, ya era una «escritora» con nueve libros de poemas. Tiempo después, los grandes poetas latinos (un Catulo, un Horacio, un Virgilio, un Tibulo, etc.) compondrían sus versos en ese silencio aplicado de la tinta, por más que apelasen muchas veces a una ya metafórica, inexistente lira.
El papel y los libros; la música y la danza. Tan sólo el paisaje por donde transita, siempre de paso, la poesía, que vive en ese presente donde sucede. Pero hasta en este tiempo nuestro, ensordecido por lo textual, (h)ojeamos las páginas de un poemario en un autobús, y escuchamos los poemas con esa voz misteriosa que llevamos dentro y que nos lee. Y de pronto hay algo que empuja los labios y activa los músculos. Es la poesía, que vuelve primitiva y somática. Como en el círculo de Safo o cuando Demódoco en la Odisea cantaba los amores frustrados de Afrodita y Ares en el centro del corro danzarín de los feacios.
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Publicado: 16/04/26
Última actualización: 16/04/26
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