El latido del hexámetro
Ignoramos cómo sonaba el hexámetro antiguo. Hemos perdido para siempre su latido, su respiración y su tacto y nos ha quedado un simple esquema gráfico, un arquetipo o un esqueleto. Por supuesto, podemos sospechar que un verso nacido para las largas narraciones y esas noches interminables que prefería el rey Alcínoo tendría que ser de todo menos monótono. Pensemos en el rumor del mar, la lluvia amartillando el tejado o el viento caprichoso moviendo las ramas. El oído parece percibir ciertos patrones que se van sucediendo bajo la prosa de la naturaleza. Así el auditorio de Homero, probablemente (y subrayo esto, porque aquí sólo podemos divagar), sentiría un ritmo soterrado bajo el flujo de una prosa hipnótica y envolvente. El hexámetro entonces tendría un aire más cercano a los versículos de Saint John Perse que a esas imitaciones acentuales modernas, la cuales, en el mejor de los casos, sólo producen versos discernibles a partir de nuestra propia prosodia, sin necesidad de invocar nincún plus de emulación.
Una cosa creo que tenemos clara. El ritmo de la poesía o es natural y emana de la fonología y la prosodia de la lengua, o no es ritmo ni es poesía ni es nada. No sabemos qué entendían los griegos y romanos antiguos por sílabas largas y breves. Es decir, no tenemos clara la duración. Desde luego, no resultaría en una aritmética perfecta: los antiguos no eran secuenciadores andantes, pero sí está claro que podían distinguir una sílaba larga de una breve, de la misma forma que nuestro oído distingue «canto» de «cantó». Asimismo su oído entendería como algo natural que las dos sílabas breves del tiempo débil del dáctilo pudieran resolverse en una sílaba larga, que producía una variación en el ritmo.
Para mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024) sentí que nuestro octosílabo ibérico era el perfecto heredero del hexámetro, al menos para cumplir esa misma función expansiva y así adaptarse a las largas narraciones, como lo prueba con creces nuestro rico romancero. El octosílabo, en efecto, es natural a la lengua hablada y admite incontables variaciones. Igualmente, es muy cercano a la prosa (sobre todo sin el cascabeleo de las asonancias), pero el oyente vuelve a percibir por debajo un ritmo vertebral.
No me limité, sin embargo, a una simple tirada de octonarios castellanos (8 + 8 con cesura). A veces necesitaba modular y adaptarme al oleaje de Homero, a sus sosiegos y a sus marejadas. Así que también eché mano a demanda de otros versos: decasílabos, dodecasílabos, octosílabos puros, incluso formas más libres de octonarios «imperfectos» o versos de arte mayor asimétricos (10 + 5 con cesura, entre otros), con un ojo puesto en la métrica irregular del Poema de Mio Cid.
Pero volvamos al hexámetro. El siguiente vídeo es un pequeño experimento que hice el otro día con un secuenciador digital. Usé el sonido de un bajo con notas largas y breves para intentar representar el ritmo original del primer verso de la Odisea (repetido tres veces). También añadí una pausa para marcar la cesura «femenina» tras la palabra Mοῦσα en el tercer pie. No lo vean en términos de fidelidad (ya dije que el hexámetro no es aritmética) sino más bien como un ejemplo de percepción: cómo se sentiría tal vez, de forma aproximada la duración frente a la intensidad de nuestros versos. De todas formas lo intensivo podría jugar cierto papel enfático en los hexámetros, si bien no sabemos a qué nivel. Todo lo dicho es con trazo grueso, claro, y pasar lista a las diferentes teorías e hipótesis nos llevaría más allá de los límites de este post.
(click en la imagen para reproducir el vídeo).
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Publicado: 08/04/26
Última actualización: 08/04/26
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