Ida y regreso
Traducir la Odisea es un viaje tan audaz, tan extremado y peligroso como el de su protagonista. Salvo que el ingenioso hijo de Laertes y yo llevamos caminos opuestos. Él vuelve a Ítaca, que es de donde yo parto, para volver también allí a la postre. En su curso va despidiéndose de Circe, de Escila y Caribdis, de las sirenas, del cíclope, de Calipso. Yo me regreso a ellos y los encuentro allá donde los dejé en todas las anteriores lecturas, iguales a un tiempo que distintos, siempre bajo una nueva luz. Como el asombro de Nausícaa en la ribera, anclada para siempre en su adolescencia. Pero en mi marcha también tendré que despedirme de ellos: y cómo duele volverlo a hacer y tejer de nuevo las remendadas velas, con una pericia sombría y salobre que sólo se adquiere luego de muchas despedidas. A menudo en la tarde, cuando el sol tinta de antiguo el mar y las cavilaciones, nos saludamos Odiseo y yo. E insistimos en preguntarnos quién se marcha o quién es el que vuelve. Cada cual con sus sucesivos encuentros y desencuentros, los que va trenzando la rara melancolía, el desprendimiento que es, en el fondo, cualquier viaje. Memoria y olvido, ida y regreso tal vez sean la misma cosa. O, como quería don Juan de Mairena, todos estamos, al final, de ida.
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Publicado: 21/06/20
Última actualización: 19/05/26
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