El humor de Homero
¿La lengua de los poemas homéricos es solemne, «elevada»? Mas bien esa constante pompa con que muchos conciben a Homero sería un velo que siglos de reverente recepción homérica han ido tejiendo en el occidente culto. Como si la Ilíada y la Odisea fueran poco menos que textos hieráticos, sagrados.
Por supuesto, la lengua de la épica tradicional se trataba de una lengua poética (una suerte de ’koiné’) que nunca se habló. Un conglomerado dialectal con una base jonia a la que se sumaron importantes componentes eolios, arcaísmos y formas alteradas por la métrica. Sonaría, probablemente, intemporal. Era una lengua, más que artificial, artificiosa; muchas veces hasta juguetona y enrevesada. Pero eso no tiene por qué equivaler a solemne. Antes bien, nadando a favor de la ductilidad del hexámetro, el verso proteico por excelencia, Homero sabía pulsar muchos tonos a conveniencia, no sólo los graves. Imaginemos la Odisea no como la estatua inmutable de una deidad, sino como un vasto mar cambiante y polifónico, como el viento, como un río que baja con estruendo tras los primeros deshielos. Incluso los diálogos son lo opuesto a la rigidez. Y no podría ser de otra forma en un poema donde siempre alguien le está contando a otro una historia. Los diálogos fluyen con una deleitable naturalidad, tan humanos, donde hasta las fórmulas no son el «tic-tac» de un engranaje vacío sino un latido vivo.
Entre esa multitud de tonos homéricos no es nada desdeñable el humor. O lo grotesco, como una parte de la condición humana. Pensemos en el pobre Elpénor, el único personaje de la Odisea que no muere ahogado, ni devorado por un monstruo marino ni a manos del bronce de una lanza o espada. Cae, borracho como estaba, desde el tejado del palacio de Circe, donde había subido a dormir el zamacuco, y se rompe el cuello. Cuando Odiseo y los suyos, poco después, viajan al Hades, allí se lo encuentran. Y la escena es una asombrosa conjunción entre tristeza y humor negro. Elpénor le pide a Odiseo que le levante un túmulo a su vuelta, para no ser olvidado. Es un momento dramático, sí, pero que no deja de tener su punto grotesco. O, más bien, tan de la vida misma.
Pero si hay un pasaje que amo especialmente es el que le cuenta Menelao en su palacio a Telémaco, cuando aquél y los suyos se tuvieron que disfrazar de focas para capturar a Proteo, confabulados con su propia hija Idotea. En el poema de las transfiguraciones que es la Odisea esto se nos presenta como metapoesía pura y una autoparodia en toda justicia. Si fuera Odiseo el que se pusiese la piel de foca lo habríamos aceptado con naturalidad, por lo camaleónico del rey de Ítaca. Pero Menelao, precisamente Menelao, tan serio él, tan melancólico, de pronto tener que enfundarse una piel de foca (y ordenar a sus hombres que también lo hagan), aguantar el hedor en que se recrea Homero… Y todo para capturar a Proteo, el maestro de la transfiguración.
El pasaje pertenece a mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024):
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Publicado: 20/05/26
Última actualización: 20/05/26
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