Las diosas y las nubes (II)

Héroes

En los poemas homéricos y en la épica tradicional griega la palabra ’héroe’ (ἥρως) designa a un varón guerrero, aristócrata, cuyas gestas persiguen la gloria (kléos) y que muchas veces tiene un carácter semidivino, hasta el punto de que los héroes pueden ser objeto de culto tras su muerte. El término es de incierta etimogía. Puede ser un préstamo pre-griego aunque también se lo ha asociado con la misma raíz del latín ’servare’ (guardar, proteger).

Así pues, la Ilíada nos muestra una guerra entre hombres de buena familia, aunque también Diomedes le dice a Glauco aquel célebre verso: «como la estirpe de las hojas, así es la de los hombres». La Odisea no se despega de ese uso, pero las veces que aparece la palabra sentimos como una suerte de tono crepuscular, ya que no son tiempos de guerra y los héroes se han replegado al ámbito doméstico, casi con bata y pantuflas. Cobra un peso especial el vocablo en la visita de Odiseo al Hades, donde asiste a todo un desfile de héroes del pasado que alcanzaron glorias pretéritas. Y es que aquí el sentido de tiempo pasado es crucial. En mi traducción:

«y yo permanecí en pie, aguardando si acudía
alguno más de los héroes que perecieron otrora».

Pero en la Odisea el papel reservado al héroe como personaje activo se desplaza también a las mujeres mortales (las diosas juegan en otra liga) como Penélope y en menor medida Nausícaa. Y también a siervos y esclavos, como el porquerizo Eumeo o el boyero Filetio. No es que pasen por la trama, es que sus actos son capaces de alterar y dirigir aquélla. Nausícaa salva a Odiseo y prepara su entrada en el palacio de su padre y su posterior acogida por los feacios. En mi traducción, le dice Nausícaa al hijo de Laertes:

«Salud, extranjero, y siempre, cuando estés allá en tu patria,
te acuerdes de mí, pues más que a nadie le debes la vida».

Y Penélope, con una astucia comparable a la de su esposo (o incluso superior), toma una serie de decisiones (dilación con la tela, certamen del arco) que llevarán la trama al desenlace que conocemos.

Y lo del porquerizo y el boyero da pie a un hecho fascinante. Odiseo, una vez que les revela su identidad, los recluta en ese mini-ejército de cuatro que hará frente a los pretendientes, donde lucharán codo con codo junto al rey de Ítaca y Telémaco. Aquí la valía no se mide por la ascendencia familiar sino por los actos. Los pretendientes, que son la flor y nata de la nobleza de Ítaca e islas aledañas, no se comportan, desde luego, a la altura de su alcurnia.

Esta cuadrilla inter-clases (si se permite el anacronismo), donde una serie de personajes de distinto origen se unen en pos de un objetivo común recuerda mucho a las historias de aventuras modernas. Por citar algunos ilustres ejemplos: La isla del tesoro, El señor de los anillos o incluso Star Wars. ¿Por qué será que los lectores/espectadores encontramos tanto placer cuando el heroísmo está así de repartido y es tan repentino y heterogéneo? No puedo dar respuesta, pero si se me permite el desahogo sentimental y la idealización algo ñoña del pasado, hay un cierto aire a aquellas pandillas de amigos de la infancia o de la adolescencia.

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Figura 1: Homero, Odisea. Traducción de Juan Manuel Macías (La Oficina 2024)

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Publicado: 28/03/26

Última actualización: 29/03/26


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