El río
La épica griega (o lo que conocemos de ella) es ruidosa por naturaleza: fragor de bronce y guerra o parlamentos de asamblea. ¿Hubo alguien a quien le pusieron falta en Troya? No. Daba la sensación de que todo el mundo estaba allí, midiéndose con sus pares para alcanzar el renombre y la gloria. Incluso cuando Aquiles se aparta a llorar frente al mar, en Ilíada 1, tras su disputa con Agamenón, no se va demasiado lejos y aún parecen sonar como un run-run de fondo los engranajes de la guerra.
Frente a todo ese tráfago, la Odisea descubre para el lector de toda época la soledad del individuo frente al universo y la naturaleza. En el canto 5, que narra el viaje de Odiseo en su balsa desde la isla de Calipso hasta la tierra de los feacios, el rey de Ítaca no es ya el héroe de Troya, sino un hombre solo y asustado frente a las amenazas del mar, temeroso de morir y acabar en el olvido. Esa soledad cósmica ya se nos anticipa, nada más dejar la isla, en su navegación nocturna, donde Odiseo discurre bajo las Pléyades, el Boyero, la Osa y Orión. Casi podemos sentir a Safo en otra devastación estelar, cuando viene a decir eso de que la luna y las Pléyades se han puesto, la noche alcanza su centro y ella duerme sola. Y es que esa épica del «yo» en la Odisea, con el descubrimiento del monólogo interior («Ay, desdichado de mí: ¿cómo va a terminar esto?», se dice Odiseo), despliega un puente clarísimo hacia la lírica.
Pero en el canto que nos ocupa hay un pasaje especialmente hermoso y desolador. Odiseo llega a la tierra de los feacios desnudo, herido por los embates del mar, al borde de la hipotermia. Ha perdido todo: su nave, sus hombres, sus tesoros. Sabe que debe nacer de nuevo. Llega, como puede, a nado, hasta la desembocadura de un río. Y a la desesperada le implora a éste para que remanse sus aguas. Ya sabemos que en aquel universo mitológico un personaje espera de un río que tenga su daimon. Tiro, por ejemplo, se enamoró del río Enipeo, y (nos cuenta el canto 11) «frecuentaba su hermosa corriente». Pero de este río Odiseo no conoce ni su nombre («quien seas», le dice en su súplica), y en nuestra modernidad descreída sentimos más patético que nunca ese momento de pedir, como último recurso, ayuda a un simple río, que es lo más parecido a hablar solo.
El pasaje pertenece a mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024). Más abajo, mi lectura del pasaje en que abandona la isla de Calipso.
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Publicado: 30/04/26
Última actualización: 30/04/26
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