Diálogos y silencios
La Odisea es un inmenso tapiz de voces y de historias entrelazadas, donde siempre alguien le está contando algo a otro. Da la sensación de que el aedo en todo momento está explorando el propio mar de su arte, y por él navega y se lanza a la aventura, tal vez compartiendo sus perplejidades con el público. Y es que no estamos ante una «indagación» en el lenguaje como algo abstracto y mecánico, sino que en todo momento se nos deja habitar en los entresijos del acto del habla, de la palabra humana, ya desde ese primer verso («háblame, musa…»). La Odisea es, en fin, el gran poema del diálogo, sustentado en la xenía, la aceptación del otro como interlocutor. El rey de Ítaca, héroe de la palabra más que de la acción, necesita siempre de ese diálogo para prosperar en su viaje mediante la persuasión o incluso el engaño.
Pero en esa travesía verbal Homero descubre y nos descubre fascinantes límites. Cómo no sentirnos sobrecogidos ante el violento silencio que Ayante le devuelve a Odiseo en el Hades. Ayante, el único difunto que no se muestra locuaz, es inmune al diálogo que le intenta tender Odiseo, no porque no pueda decir nada sino porque ya lo ha dicho todo, resentido, aun después de muerto, por perder en el juicio de las armas de Aquiles. Armas que, dicho sea de paso, a Aquiles, que preferiría (así se lo dice a Odiseo) servir de labriego que ser rey de los muertos, poco le debieran ya de importar. Ayante es el héroe tradicional fosilizado en su propia lógica, completamente refractario al nuevo mundo que describe la Odisea. Y así se marcha hacia las sombras y el silencio.
Pero hay otros personajes igualmente insensibles al diálogo con Odiseo. Escila y Caribdis no son bestias marinas, sino seres divinos que habitan fuera del lenguaje. Diríase que incluso inmunes a los dioses, dotados de habla. Imposible persuadirlos. Las sirenas, por contra, son puro lenguaje, puro canto. Y, en cierto sentido, son la antítesis del aedo. Éste necesita siempre de un canal de comunicación con su auditorio. El propio poema es un inagotable diálogo entre el cantor y nosotros, los lectores de toda época. Pero el canto de las sirenas es un canto sin sentido, vuelto sobre sí mismo, como un molino siniestro girando en medio del mar.
El caso de Polifemo es en extremo peculiar. Aparentemente hay un diálogo, pues Polifemo hace uso del lenguaje e interactúa. Pero ese lenguaje no es más que un conglomerado de palabras resonando en una cámara estanca. Los cíclopes, nos avisa Homero antes, no saben de ágoras ni de normas. Polifemo desconoce y desprecia el lenguaje como hecho social, la civilización, la polis. Y Odiseo, que lo sabe perfectamente, le lanza una carga de profundidad que sólo estallará en el diálogo de Polifemo con los otros cíclopes, cuando aflore el malentendido. El duelo entre Polifemo y Odiseo no es un duelo de fuerza bruta, aunque le acaben clavando al pobre cíclope una estaca candente en el ojo. Es una lid esencialmente lingüística.
Por último, tenemos otro silencio especialmente emotivo, que es el del encuentro del perro Argos con Odiseo. Aquí no sirven las aladas palabras porque perro y amo no las necesitan. Y Homero, gran orfebre verbal, prefiere evitar esas palabras y el subrayado innecesario por sentimental, pues el lector ya ha comprendido qué se han dicho ambos antes del lenguaje.
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Publicado: 29/05/26
Última actualización: 29/05/26
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