Las diosas y las nubes (II)

¿Deus ex machina?

Los dioses en los poemas homéricos —y especialmente en la Odisea— no son simples símbolos o metáforas de los fenómenos naturales o de los atributos humanos. Más que eso: son legítimos personajes que modelan, como todo personaje, activamente la trama. No podríamos esperar menos de un maestro del arte figurativo y del realismo como es Homero.

Pensemos en Atenea, por ejemplo. Infatigable acompañante y consejera de Odiseo y Telémaco, la diosa no se presenta como una fría representación de la inteligencia y la astucia. Es también la que no puede contener la carcajada al ver cómo el rey de Ítaca pretende rivalizar con ella en argucias y triquiñuelas. Y así le dice (en mi traducción)1:

«Mañoso habría que ser, y ladino, para ganarte
en todo artificio, incluso si un dios es tu contrincante.
Varón cruel, tramatodo, contumaz en el engaño,
ni siquiera ya en tu tierra renunciarás a los trucos
ni a las palabras arteras que siempre te han agradado.
Mas, venga, no se hable más, pues que ambos somos peritos
en simulacros […]»

Pero Atenea no es sólo un personaje. Es un personaje que juega un papel esencial en el final de la Odisea. Y aquí es donde tropieza cualquier intento de interpretación evemerista: sin la diosa el poema no puede, sencillamente, terminar. Un final abrupto y disruptivo, sí, que a muchos ha molestado hasta el punto de considerarlo interpolación. Pero, interpolación o no, no hay forma de concebir (a mi juicio) un final más anti-épico y, por tanto, «moderno».

Se habla de un deus ex machina cuando la diosa manda a todos a dispersarse y a acabar con ese bucle de venganza y sangre en que habían caído las familias de los pretendientes asesinados, por un lado, y Odiseo con los suyos por otro. Pero es un falso deus ex machina. Este fácil recurso, en efecto, viene para resolver lo que la propia historia no había sido capaz de resolver. Pero aquí no se resuelve nada. La irrupción de la diosa no desenreda la maraña, sino que pone de manifiesto la irresolución de la maraña: la gran aporía adonde conduce la lógica de la épica, en que todos tienen razón de acuerdo al código heroico y ninguno va a dar su brazo a torcer. Atenea, personaje pero también diosa, está ahí para presentarle al lector el galimatías con el suficiente distanciamiento. Es, al cabo, la mirada del lector, pues ninguno desde dentro será capaz de darse cuenta de en qué clase de espiral se han visto arrastrados.

A nadie le da tiempo a dar un discurso final, y el propio Odiseo se diluye repentinamente entre la gran multitud de los días y la vida, sin foco ya que lo ilumine. Y ese cierre desconcertante y asombroso, en que todos han de aprender a convivir con un pacto endeble, marca también el fin de la épica, la retirada de los dioses y el comienzo de los hombres. No es casualidad, ni cabría imaginar mejor despedida, que el último verso del poema sea para Atenea transfigurada en aquel (humano) Méntor que guió a Telémaco.

Publicado: 13/05/26

Última actualización: 13/05/26


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Notas al pie de página:

Última actualización: 13/05/26
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