Las diosas y las nubes (II)

Los años perdidos

Hay un momento, en Odisea 23.209, donde por fin Penélope reconoce a Odiseo, cuando sentimos de pronto gravitar el largo tiempo perdido, esa juventud en común que nunca fue, los días que se suceden en la anodina Ítaca, vivir, envejecer juntos: todo lo arrebatado.

Al final resulta que la guerra, las travesías llenas de portentos, las sirenas, los monstruos, el cíclope, Circe, Calipso… Todo cuanto el lector ha disfrutado no dejaba de ser la forma que tomaba el vacío. Homero, gran poeta, no recurre al énfasis innecesario, no interpela al lector con un patetismo lacrimógeno ni hace que la hija de Icario pronuncie un gran discurso sobre la fugacidad. Ella lo deja caer con unas pocas y sencillas palabras. Como la vida misma, deja fluir la leve amargura que se cuela entre las grietas de la alegría.

Ambos han llegado al fin de sus respectivas odiseas, pero ambos han llegado tarde. Odiseo de sus navegaciones; Penélope de su tejer y destejer la tela, como un pensamiento. Acaso es la gran arquitecto, la que sostenía todo sin cuidarse de esperanza alguna. Y su vigilia también se parece mucho a la soledad del poeta.

El pasaje pertenece a mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024):

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Etiquetas: fugacidad Penélope libros Odisea poemas poesía traduciendo varia

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Publicado: 12/05/26

Última actualización: 12/05/26


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