Las diosas y las nubes (II)

De Analepsis, azoteas y bodegas

Se suele incidir a menudo en la «modernidad» de la Odisea (añadiendo «para su época»), por ejemplo en relación al uso de tropos como la analepsis (el flashback del cine, pues este arte popularizó, gracias al concepto de montaje, los saltos temporales) o como el apóstrofe narrativo, mediante el cual el autor se dirige a algún personaje (el porquerizo en este caso) en segunda persona. Pienso que la proposición, en cuanto a su intención, es cierta. Pero habría que darle algunas vueltas a su formulación. En primer lugar, porque no albergo demasiada fe en la idea de «modernidad» como valor artístico. Los modernos de hoy ya somos los antiguos de mañana. Dicho de otro modo: un escritor puede creerse moderno hablando de teléfonos móviles, de internet e incluso de la tan traída IA, y a los dos días convertirse en un venerable autor de época, como los que escriben de miriñaques o trolebuses. En segundo lugar, porque hablar de modernos en oposición a antiguos nos lleva a una idea evolutiva de la historia de la literatura y del arte en general, cuando a lo que asistimos es más bien a un proceso de cumbres y depresiones, al estilo de una montaña rusa.

Con la Odisea nos ciega un poco la historia de la imprenta y del texto impreso. Tenemos esa noción decimonónica de la narración con autor omnisciente y con estructura más o menos lineal para pasar al rupturismo que trajo el siglo XX, incluyendo la influencia del cine y de otras formas de narrar. Podríamos afirmar, entonces, que hay épocas donde la literatura o la poesía nacen de un sustrato de mayor libertad creadora. Pero, nuevamente, apelar a la libertad ni me convence ni tampoco creo que explique el escenario. ¿Es más libre un Cortázar o un García Márquez que un Galdós o un Clarín? Toda gran obra, al cabo, es el resultado de la libertad, y todo gran autor es libre. Y, en todo caso, libertad en arte no supone tanto romper las reglas cuanto, ante todo, conocerlas. Un autor de «vanguardia» que no conoce la tradición es una bala perdida (e iletrada).

En este sentido no estaría de más traer a un poeta como Gerardo Diego, que sabía moverse con igual soltura entre la tradición y la vanguardia. Extremos estos que el cántrabro entendía como partes de un mismo edificio, y así hablaba de bodegas y azoteas. Así pues, tal vez no deberíamos formular la historia de la literatura simplemente como una alternancia de períodos de mayor o menor libertad. Más bien habría momentos para la navegación por las rutas conocidas y otros para la exploración y descubrimientos de nuevos continentes. Y ambos tipos de navegación son esenciales para el sostén de toda civilización. No se trata de abolir la tradición sino una visión estrecha de ésta. Cuando el 27 escenificó (micciones ante la Real Academia mediante) la reivindicación de Góngora, o del Góngora más suicida, lo hizo sobre todo para atacar una idea demasiado encorsetada y simplista del Siglo de Oro. Más que liberar a Góngora estaban liberando a autores como Lope.

Volviendo a la Odisea, estamos hablando, por supuesto, de una obra singular hecha por un autor singular que sabía moverse por las aguas sabidas (pero no libres de tormentas) de su propia tradición oral, pero que también buscaba nuevas y arriesgadas singladuras. Por sano capricho en parte, sin duda, pero también (y sobre todo) porque la propia obra lo demandaba. De esta forma, el flashback (o analepsis) o los constantes cambios de foco no son una gracia que debamos saludar por inesperada «para su tiempo», sino una consecuencia inevitable de la propia arquitectura de la Odisea. Como toda gran obra, cada pieza parece estar en su sitio. Y la Odisea necesita la analepsis (o flashback) para ser la Odisea.

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Publicado: 07/06/26

Última actualización: 07/06/26


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