Juan Manuel Macías

Entrevista de Ati Solerti para la revista griega Vakxikon.gr

Ati Solerti, magnífica poeta y traductora griega, me hizo una extensa entrevista, en griego, para la revista digital Vakxikon. Aquí va mi traducción de una parte de esa entrevista, sobre todo lo concerniente a traducción y poesía, por si pudiera interesar a algún lector español)

Ati Solerti: Mantiene el blog que lleva por título Las diosas y las nubes. ¿Qué le inspiró tal nombre?*

Juan Manuel Macías: El nombre de mi blog me vino, casi sin querer, por un soneto de Gerardo Diego (poeta del 27 al que admiro bastante), titulado Nubes sobre el desierto. El poema habla de unas nubes solitarias que pasan, como diosas, sobre el desierto desolado, extendiendo sus sombras sobre la arena, en un espejo mutuo. Me di cuenta de que esta metáfora de la fugacidad era también muy apropiada para algo tan efímero y transitorio como lo son la internet y los blogs.

A.S.: ¿Cree en la inspiración como algo divino?

J.M.M.: Creo en la inspiración, aun cuando usemos tal palabra para referirnos a algo que no sabemos con certeza qué es o de dónde procede. Sobre esta cuestión, recuerdo una ironía de Borges, donde afirmaba que Homero creía en la Musa, mientras que hoy algunos creen en el Inconsciente Colectivo, pero esto –decía– es simplemente mudar de mitología. La poesía vive en el misterio, y tan sólo podemos hablar de ella en su propia lengua, que es el lenguaje del mito. La Musa / Diosa a la que se invoca en el comienzo del poema homérico pertenece al mito más extremo, el de la creación, y a mi juicio es una manera maravillosa de simbolizar lo ajeno, lo incomprensible que da lugar al poema. En mi experiencia personal, mucho más prosaica y humilde, naturalmente, que la de Homero, puedo decir que no sé cómo se crea un poema. Como escribí en otra ocasión, siempre llego demasiado tarde a mis poemas.

A.S.: ¿Por qué escribimos poesía?

J.M.M.: Esa es la gran pregunta, que me atormenta desde que escribí el primer poema de mi vida, y creo que lo seguirá haciendo cada vez que acabe un poema, incluso si creyera que tal poema habría de ser el último. Amo la poesía, y mi relación con ella es, esencialmente, la propia de un lector, el estado que da más satisfacción, y que otorga el don de admirar. El poeta, como dije antes, se mueve en la esfera de la mitología. Los poemas que queremos tienen un halo de eternidad, como si renacieran en otras voces, las cuales forman parte de nuestra vida, incluso también la propia voz que oímos cuando leemos. Esto, para mí, es el amor a la poesía. Escribir poesía es una cosa diferente, algunas veces implica dolor. Para mí, es un acto inevitable.

A.S.: Es usted filólogo, helenista, poeta y traductor. Ha dedicado gran parte de su actividad literaria a la traducción de poesía griega. Desde los poetas griegos de la antigüedad (Homero, Alcmán, Alceo, Safo, etc.) hasta los contemporáneos (Cavafis, Karyotakis, Polydouri, etc.). Cómo surgió ese gran amor y devoción a la lengua y literatura griegas?

J.M.M.: Mi primer contacto con la lengua griega llegó en la universidad, cuando estudiaba Filología Clásica. Fue, naturalmente, a través del griego antiguo. Quedé fascinado desde el principio con todo lo que concernía a esta lengua, desde la primera vez que vi las letras que el profesor escribía en la pizarra. Me fascinó ir descubriendo los diferentes dialectos y autores, y los misterios del Lineal B en las tablillas micénicas. Pero cuando estudiábamos así la lengua griega, olvidábamos que el griego antiguo es sólo un fotograma de la película, parte de un continuo. No se puede disecar lo que está vivo y se mueve, tal empresa es una quimera. La clasificación de la lengua griega en antigua y moderna, como toda clasificación, es un artificio. A mi parecer, debemos entrar en la lengua griega siempre desde el presente.

A.S.: El himno al amor, a la naturaleza, a la belleza, está extendido en la lírica griega arcaica. ¿Qué cree que contribuye a la intemporalidad de esa poesía?

J.M.M.: Uno de los más grandes helenistas españoles, Manuel Fernández Galiano, afirmó que Safo fue la inventora del amor para Occidente. Suena como una gran verdad. Cada palabra de aquellos poetas, tan variopintos, se muestra siempre como recién creada, apenas con el rocío del amanecer. Todo es limpio y sincero, todo está vivo. Las muchachas del partenio de Alcmán quieren estar allí, en esos versos, y seguir cantando para siempre, frente a la fatiga de los filólogos alejandrinos. Arquíloco de Paros dice una vez y otra vez que el hombre es una sucesión de ritmos: alegrías y penas. Tal vez eso es la melancolía… Y parece también que Safo responde a Fernández Galiano, diciendo que lo más bello es lo que uno ama. Schopenhauer se refería al «Mundo como voluntad y representación». Pero cuánto mejor comprendemos a la diáfana Safo.

A.S.: ¿Advierte un algo común entre la escritura de los poetas griegos antiguos y la de los contemporáneos?

J.M.M.: Frente a la idea artificial de «historia de la literatura» como algo lineal y progresivo, creo que los poetas de diferentes épocas en una lengua entablan un diálogo interminable entre ellos, respondiéndose el uno al otro. Dicho diálogo siempre se lleva a cabo en el aquí y ahora del lector. La lengua griega es un tejido inmenso, como el de Penélope. A lo lejos se escucha la voz de Homero, que es quien inició el diálogo. Su voz, aunque distante, sigue estando presente, como el rumor del mar al fondo.

A.S.: ¿Qué dificultades conlleva el trabajo de un traductor? ¿Donde surgen esas dificultades a las que se enfrenta?

J.M.M.: En primer lugar (y creo que aquí el consenso es lo suficientemente amplio), pienso que la poesía es esencialmente intraducible. Podemos traducir las ideas, pero no las palabras. Y, como dijo Mallarmé, la poesía se hace con palabras, no con ideas. Este es el primer problema, el más insalvable. Sin embargo, cuando hablamos de poesía, debemos entender el término «traducción» con un sentido incorrecto. De tal modo, la «traducción» de un poema no debe juzgarse en base al poema original, en términos de «fidelidad», sino en base a la lengua de destino, conforme a la poesía. La traducción de un poema debe leerse como un poema. Naturalmente, es necesario que el traductor conozca la lengua del poema original, y su entorno. Pero, ¿a qué llamamos «conocer»? El traductor es siempre un viajero en tierra extraña, y su propia sorpresa será de lo que se nutra su traducción.

A.S.: ¿Existe algún secreto para una buena traducción?

J.M.M.: Como dije antes, creo que traducir poesía es otra forma de escribir poesía. Aquí también entra en escena «la inspiración». Cada poema, original o traducción, proviene siempre a partir de una realidad intraducible. Pensamos que una lengua, sobre todo, es una herramienta de comunicación, de tal manera que no hay problema para nombrar las cosas. Pero el corazón del lenguaje humano es su imprecisión, que es, aun tiempo, lo que lo condena y lo salva. Las palabras son también poemas. Pondré un pequeño ejemplo. La palabra griega «σελήνη» y la palabra latina «luna», provienen de un antiguo adjetivo sustantivado indoeuropeo *leuks-na, que significa «la luminosa». No podemos referirnos a las cosas directamente, sino mediante una metáfora («la luminosa»). La lengua humana no sabe nombrar las cosas. Y este silencio sólo se puede llenar con la música de las palabras. Realmente, ignoro cuál es el secreto de una buena traducción. Pero sospecho que una traducción o un poema pueden venirse abajo en un segundo, por el sobrepeso de información y un deseo excesivo de comunicar.

A.S.: El tono melancólico, la sensación de soledad, la dulce nostalgia por la belleza de todo tiempo que ya se ha marchado, la inocencia infantil, la esperanza en un sueño no cumplido, los sentimientos indecibles a la luz del alba, son la delicada canción de su decir. ¿Cuánto de biográfico tiene su escritura?

J.M.M.: Siempre hay una experiencia vital previa, ya que no podemos crear un poema de la nada. Esta experiencia vital puede ser una persona, un sentimiento, un lugar, un pensamiento, un sueño, algo que hemos leído, una pieza musical, una obsesión, un presagio… Pero la traducción de todo esto no puede ser nunca literal. «El poeta es un fingidor», dijo Pessoa. En realidad, el poema es el que crea al poeta, no al contrario. La poesía es fantasía, mentira, pero una mentira verdadera. El poema quiere ser real, como aquella experiencia que nos emocionó. Y será real, cuando alguien le preste su voz de nuevo.

A.S.: Pasado – Presente – Futuro: ¿qué le inspira más?

J.M.M.: El presente, por supuesto. Aunque el presente sea un sueño fugaz, como nosotros mismos, es el lugar a donde pertenecemos. Pero no es aconsejable que nos volvamos unos nacionalistas del presente. Habitar el presente es tan sólo nuestro destino.

Última actualización: 28/06/20
© Juan Manuel Macías
Creado con esmero en
GNU Emacs